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Destino Guatemala

Una vuelta por el lago Atitlán

Por Sol Lauria
Fotos: Carlos Gómez

 

En este paraíso del suroccidente guatemalteco, a 144 kilómetros de la ciudad capital, entre pocas casas, calles desniveladas y un sol constante, Cakchah camina con los brazos caídos, como sonámbulo, y la cabeza inclinada hacia adelante, tal vez para evitar la resolana o para tomar impulso en la subida.

Vamos, vamos. Vamos a ver a Maximón invita, mientras afirma que Maximón es el dios aquí.

“Aquí” es Santiago Atitlán: el lugar desde donde comienza un tour-paseo-navegación-caminata por el lago Atitlán y las poblaciones que se levantaron a su orilla, junto con los tres volcanes (Atitlán, Tolimán y San Pedro), durante los 84.000 años de existencia de esta caldera.

Aquí se llega por Panajachel, la ciudad que hace de portal al lago cristalino más profundo de Centroamérica; un espejo que de tan azul parece mar pero no lo es, abrazado por comunidades cakchiqueles, tzutujiles y quichés. La travesía por estos pueblos nos da una idea de cómo era América antes de la llegada de los españoles. Los tres más concurridos son el mismo Santiago, Santa Catarina Palopó y San Antonio Palopó. Hay más, claro, con nombres bíblicos que dan cuenta del sincretismo que acompaña el recorrido: San Pedro La Laguna, San Juan La Laguna, San Lucas Tolimán…

Los nombres son una cosa curiosa en este rincón. En Santiago, la primera persona que aparece se presenta como Cakchah y, enseguida, invita a ver a Maximón. Cakchah, explicará después el hombre de rostro curtido y pelo blanco que pasa sus días guiando turistas, significa “pino blanco” en el idioma cakchiquel, una de las lenguas mayenses más importantes de Guatemala. Y Maximón es el principal atractivo de este rincón: una deidad que es síntesis y consecuencia de esa combinación de prácticas religiosas prehispánicas con rituales cristianos. Pero para ver a Maximón falta.

El portal

Antes de Maximón y de Santiago, está Panajachel. Llegar es fácil: desde la ciudad capital, hay que tomar el bulevar Liberación y luego la calzada Roosevelt, rodear Antigua (donde salen buses y paquetes turísticos todos los días desde 10 quetzales), llegar a Chimaltenango y seguir hasta ver el cartel que da la bienvenida a Sololá.

Panajachel, cabecera del departamento de Sololá, siempre estuvo asociada con un modo de vida más bien hippie. Viajeros de todo el mundo llegan avisados de que es el destino ideal para comprar artesanías, husmear por los mercados y las boutiques repletas de arte local, o conocer los secretos de la preconquista y ese diálogo ‚Äïa veces a gritos‚Äï entre conquistadores y conquistados. También, ya se dijo, el punto de partida para visitar los otros pueblos. Desde el muelle, de hecho, parten barcos hacia Santiago, San Pedro la Laguna y todos los demás.

Claro que no hay que aventurarse a atravesar el Atitlán para pasarla bien en Panajachel: nada más necesita salir del hotel. Una vez en la calle, las opciones se amontonan: alquilar una motocicleta, un automóvil o una bicicleta y salir a explorar el paisaje; contratar un guía para aprender sobre los sitios menos conocidos; comer los mejores tacos por menos de 20 quetzales. Incluso algunos resorts ofrecen a sus visitantes excursiones y tours especiales para descubrir símbolos nacionales escondidos. Eso además del buceo; porque el lago, con sus aguas zafiro profundo y su clarísima visibilidad, es un destino de buceo popular. Si no tiene el equipamiento o quiere lecciones, hay una tienda que ofrece todo lo necesario.

Panajachel es uno de los cuatro centros turísticos de mayor atractivo en el país. La razón es simple: el paisaje que surge de la combinación del lago y los volcanes con los celajes la vuelven incomparable. Por eso la sugerencia es abordar una barca hacia Santa Catarina, San Antonio Palopó y, por supuesto, Santiago Atitlán. La experiencia es algo así como volver a ese pasado de lenguas milenarias, agricultura, pesca y olor a naturaleza.

Camino a Maximón

Al poner un pie en Santiago aparece Cakchah y otros que, como él, pertenecen a distintos grupos indígenas que descienden de los antiguos mayas y te ofrecen una vuelta por el lugar. Santiago, uno de los pueblos del departamento de Sololá, está recostado en un brazo que el lago pareció haber dejado caer en dirección al Pacífico. El más alejado de Panajachel y el que compite por la mejor vista del volcán San Pedro con San Pedro La Laguna.

Cakchah, como los demás lugareños, ofrece, antes que el volcán, la iglesia o el mirador, ver a Maximón. Por la venta, este dios parece el más poderoso de todos.

Cakchah guía. A los costados, el paisaje es una sucesión de casas y cielo. Cakchah guía y cuenta que la mayoría de los que viven aquí, como él, tienen nombres en cakchiquel. El suyo, vale recordar, significa “pino blanco”, algo que abunda por estas zonas aunque no tanto como ajo, anís, chan, tule, zapotes, jocotes, manzanas, naranjas y otros frutales. “Vegetación exótica”, dice. Aquí también se cultiva y produce uno de los cafés de mayor calidad de Guatemala.

Guía y avanza sobre los bosques y cerros y señala aves como los carpinteros, quetzales, cenzontles, guardabarrancas y sharas. Todo con la preponderancia del lago. Los libros de geografía afirman que esta masa de agua está “ubicada en una caldera volcánica denominada Los Chocoyos”. La experiencia lo nombró como el lago de los siete colores, con amaneceres y atardeceres únicos.

Estamos, entonces, en la primera parada del bote y caminamos para ver a un dios que es un poco producto de la superstición, las creencias indias y la influencia del catolicismo, que se expandió en esta zona de la mano de los dominicanos y franciscanos en los tiempos de la conquista. Pero hay cosas a las que vale la pena prestar atención en el camino. Antes que nada, la gente. Mujeres tejedoras y sus niños, vestidos con los géneros azules, con rayas y cuadros que ellas cosen. Más mujeres llevando una carga envuelta en tela sobre la cabeza. Y hombres con bermudas de una especie de lino, fajas y sombreros de paja.

También la iglesia, lugar de peregrinación para la comunidad indígena de la región. Una construcción con esa manera del español de levantar iglesias, con santos y cristos vestidos como las muchachas que cruzamos. Y las que están ahí, orando con sus huipiles tradicionales, con esas blusas que representan el color de su pueblo: azul. Aún conservan el convento, la cruz del atrio y una capilla del mártir del lugar: el padre Francisco Stanley (más conocido como Padre Aplas, víctima del conflicto armado en Guatemala), con algunos objetos personales y su historia. Es comunión entre la iglesia católica y la imaginería maya: en el altar ruega un chamán maya.

La última parada

Cakchah se apura para continuar el trayecto. Visitamos el mercado y la feria, siempre con el color, el canto en tz’utujil y la insistencia permanente y pegajosa de los vendedores. él jura que los puntos que siguen no difieren de los que dejamos. No se equivoca, pero parece modesto o quizá tenga los ojos acostumbrados: en el paseo queda claro por qué el dicho popular reza que en esta monotonía magnífica confluye el cosmos y “el mundo va a Santiago Atitlán”.

Ahora hay que ver por qué la perla de los locales es Maximón. De divinidad a atracción turística, de atracción turística a objeto mercantil, para verlo tienes que pagar y si quieres una foto, pagar más. A eso venimos, así que adelante.

Maximón fuma está con un puro en la boca‚ y no supera los 130 centímetros de alto. Envuelto por chala y trapo, viste con un traje típico, corbatas y pañuelos, sombrero y una máscara. Cuentan unos que alberga un ídolo de piedra. Otros dicen que en su interior hay oro. Alrededor están las ofrendas, esas cosas que los lugareños y visitantes dejan para pedir prosperidad, fecundidad, alegría: velas, licor, tabaco, cerveza y dinero.

Es una rareza. Personaje multifacético, mitad santo y mitad dios, que algunos explican por las debilidades históricas de las iglesias católicas y protestantes, y otros intentan relacionar con la crisis económica, social y política centroamericana. En las mentes de los lugareños, Maximón es inseparable de la religión católica que tomaron de los españoles y de las creencias mayas que heredaron de sus ancestros. Sin duda, es la figura de la que todos te hablarán al llegar; la primera palabra que escucharás y, posiblemente, la última en una vuelta al lago Atitlán.

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