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Vistas de Panama

Panamá, más allá de la postal

Recuento de una caminata por una ciudad que cumple 499 años este 15 de agosto.

Por: Ana Teresa Benjamín
Fotos: Javier Pinzón

Panamá es una ciudad con alma salitre. Una ciudad que se adhiere al recuerdo con sus paisajes de mar. Un mar lleno de luz de tarde, de aves que gritan vida, de gentes que pescan para el sustento y barcos repletos de contenedores que cruzan el canal.

Ojalá tenga usted la suerte de llegar al país centroamericano cuando la marea esté alta. Así, con los sentidos bien dispuestos y viajando por el Corredor Sur, podrá llevarse la segunda postal —la primera fue esa seguidilla impresionante de rascacielos que vio desde el avión— de esta ciudad púber, verde y voraz a la vez, palpitante y por ratos displicente, acogedora y contradictoria, pluriétnica, sorpresiva y nostálgica.

Desde el Corredor Sur, hacia la derecha, póngale atención a la torre de piedra que se asoma detrás de los manglares, disminuida por los edificios de la Panamá moderna. Es la torre de la antigua Catedral de la primera ciudad que sigue en pie tras siglos de haber sido levantada, y quizá sea este el primer lugar que deba visitar: el Sitio Arqueológico de Panamá Viejo.

Panamá La Vieja, como se la conoce popularmente, es el sitio donde los conquistadores españoles decidieron crear la Ciudad de Panamá, allá en 1519. No eligieron el mejor lugar —había escasa disponibilidad de agua dulce y durante la marea baja el mar se retiraba demasiado como para desembarcar materiales y comida—, pero aun así sus habitantes sobrevivieron entre ataques piráticos, vaivenes comerciales y desórdenes políticos.

El Sitio Arqueológico hay que conocerlo no solo para entender cómo surgió la ciudad —en el Museo de la Plaza Mayor se explica muy bien el proceso de conquista y asentamiento español—, sino también para disfrutar la vista desde el interior de esa torre que se ve desde el Corredor Sur: a treinta metros de altura es posible imaginar la ciudad colonial llena de iglesias y conventos, cuyos habitantes morían de hambre con demasiada frecuencia, donde se vendían puestos de gobierno y se exportaban esclavos hacia otros territorios del Nuevo Mundo.

Más allá del atractivo histórico y turístico, un dato: tómese diez minutos y merodee por ese pedazo de tierra detrás de los estacionamientos de las oficinas del Patronato de Panamá Viejo, porque desde allí se disfruta la plenitud que solo es capaz de regalar el mar desbordado de pelícanos y gaviotas.

Dese una vuelta, también, por La Librería de Panamá Viejo, un rinconcito literario que promete sorpresas gratas: desde libros de Svetlana Alexiévich hasta alguno de Heidegger o de Hannah Arendt; desde títulos clásicos hasta libros sobre fotografía y arte; libros sobre la historia de Panamá, de grandes nombres latinoamericanos como García Márquez, Fuentes, Padura, Vargas Llosa, Sergio Ramírez… La oferta de literatura infantil es generosa. Aproveche.

Buscando la ataraxia

La Cinta Costera de Ciudad de Panamá es, de lejos, la mejor zona de la urbe. De líneas minimalistas y con el mar como fondo, buena parte de su encanto está en sus jardines, laboriosamente construidos y mantenidos para la felicidad de quienes disfrutamos caminar entre guayacanes, espinos, flamboyanes, uveros de playa, ylang-ylangs, caobos, barrigones y tecomas.

Entre todos ellos hay arbustos y pequeñas plantas de flores como calliandras, papiros, heliconias, rosas taboganas, chefleras e ixoras, lo que a su vez se traduce en la presencia de pájaros de todo tamaño, color y trinos. Es un jardín ordenado, que aspira a la perfección, que juega con la simetría en algunos espacios y con las curvas en otros; todo ello en la gran escenografía que proporciona la bahía de Panamá. En resumen, es un espacio para buscar y encontrar la serenidad que propuso Epicuro, y a mí se me hace que, al menos para arrancar, basta con sentarse en cualquier banca, bajo cualquiera de las sombras nuevas, y dedicarse a escuchar: a escuchar el viento y a los azulejos. A escuchar al gavilán. A escuchar al talingo que pelea con el gavilán. A escuchar al niño que juega con la cometa. A sentir las hormigas que reclaman el camino invadido. A saborear ese refresco de hielo picado con colorante llamado raspa’o.

Cuestiones de fe

En la misma zona de la Cinta Costera se encuentra un parque viejo, recientemente remodelado. Llamado Urracá —en honor de un cacique indígena ngäbe que combatió a los conquistadores—, este espacio tiene el encanto de los árboles que lo habitan y las nostalgias que produce entre los que vamos haciéndonos añejos. Está allí desde hace décadas, cuando la Cinta Costera era la avenida Balboa, cuando por ahí cerca estaba la Biblioteca Amador Washington y el condominio más alto de la ciudad era el edificio Atalaya.

A veces, estando ahí sentada “perdiendo el tiempo”, de repente aparece una familia judía que camina hacia la sinagoga Shevet Ahim, que se encuentra en una calle cercana.

La escena resulta curiosa porque relativamente cerca se “repite” el cuadro, pero de cristianos católicos o de creyentes musulmanes, que se dirigen a la iglesia Don Bosco o a la mezquita Jama Masjid. Todo en pocas cuadras.

La visita al Parque Urracá y a la Cinta Costera se completa con un almuerzo en el mítico Boulevard Balboa. Digo mítico porque es un restaurante también añejo, que ha sido testigo de las transformaciones de la avenida Balboa y que, tras décadas de existencia, sigue siendo punto de reunión para políticos, abogados, funcionarios del sistema judicial y periodistas. Su pancito de cortesía, sus emparedados y sus sopas son la gloria.

Una vuelta por el arrabal

Santa Ana es un barrio histórico, tan histórico como el muy turístico Casco Viejo. Ambos nacieron juntos, allá por el siglo XVII, con la diferencia de que el Casco Viejo era el “intramuros”, el espacio para la Iglesia, las instituciones de Gobierno y las familias adineradas; mientras que Santa Ana fue (y es) el espacio para los negros, indígenas y mestizos.

Santa Ana está muy cerca de la Cinta Costera: con buenas piernas se puede llegar caminando; en taxi, la carrera no cuesta más de tres dólares. El encanto del barrio está en su carácter popular —es la puerta de entrada a “La Central”, la zona de compras más tradicional de la capital— y en la plaza homónima presidida por un gazebo, desde el que grandes figuras históricas gritaron arengas y ofrecieron discursos políticos. De hecho, la Plaza Santa Ana fue el punto de encuentros políticos para las clases populares hasta que tomó su lugar la Plaza Porras, construida en las tierras que fue conquistando la ciudad a medida que crecía.

Hoy la Plaza Santa Ana es un sitio de reposo, ocupado casi siempre por señores jubilados que se reúnen allí para conversar, jugar dominó y ver pasar a los vecinos y a los turistas. Al fondo de la plaza está la Iglesia de Santa Ana, un tanto urgida de trabajos de conservación, y por todo el espacio vuelan las palomas que, como sabemos, no abandonan sus espacios ni con pinchos.

Frente a la Plaza está DiabloRosso, un proyecto cultural que funciona como espacio de exhibición de arte, tienda y restaurante. Entre. Las sorpresas existen.

Por las calles del intramuros

El Casco Viejo de Ciudad de Panamá es como el Canal: un sitio que no se puede dejar de conocer cuando se viaja al país. Repleto de restaurantes para todo gusto y presupuesto, con incontables tiendas de recuerdillos, productos hechos a mano y alguna galería de arte, el Casco Viejo se disfruta por su arquitectura, sus plazas y la vista que regala el Paseo de las Bóvedas, entre muchas otras cosas.

Si es usted un enamorado de las iglesias, en Casco Viejo hay cinco: La Merced, San Felipe Neri, la Catedral Metropolitana, San Francisco de Asís y la Capilla San José. Excepto la Catedral, que está en restauración, las demás están abiertas al público.

Si es usted incapaz de negarse a un helado, en Casco Viejo hay al menos tres heladerías, todas llenas de delicias: Granclement Gourmet Ice Creams & Sorbets, La Michoacana y Benissimo Gelato & Caffe. Si anda buscando un chocolate único, que además es hecho con cacao panameño, vaya a Tropical Chocolate Café Panamá. Si quiere comprarse una guayabera, esa camisa elegante pensada para el trópico, está la tienda No Me Olvides.

En Casco Viejo hay mucha historia por conocer, muchas tiendas y mucho lujo, y después de pasar horas caminando y conociendo la que fuera la segunda Ciudad de Panamá —tras caer vencida la primera en manos del pirata Henry Morgan—, no hay mejor final que un buen almuerzo en el Caffe per Due: la carta sencilla (compuesta de pastas, ensaladas y pizzas) y su ambiente íntimo y tranquilo son perfectos para bajar las revoluciones tras una mañana ajetreada dedicada a conocer Ciudad de Panamá, atentos a sus colores, sonidos y sabores.

 


Datos útiles

• La temporada lluviosa en Ciudad de Panamá va de mayo a noviembre. Traiga ropa fresca, pero no olvide el paraguas.

• Recorra Calidonia, La Central y la Plaza Santa Ana con poco efectivo. Pague con billetes pequeños en los puestos callejeros de recuerdillos y a los vendedores de raspa’o.

• Vaya al Casco Viejo en taxi; los estacionamientos son un problema.

• Las mejores horas para disfrutar la Cinta Costera son temprano en la mañana o a partir de las cuatro de la tarde. El sol por estas tierras es para valientes.

• Dese tiempo para “perder el tiempo”. Es la mejor forma de conocer la ciudad.

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